Una investigación de la Universidad del Sur de California ha puesto nombre a algo que muchas parejas intuyen pero casi nadie dice en voz alta: se puede estar casado y sentirse solo.
Y no es un fenómeno solo americano: en España, un estudio de la Fundación IDIS presentado a finales de septiembre revela que el 58,3% de los mayores de 65 años que viven en casa se siente solo con cierta frecuencia… y que el 67% de ellos está casado.
El estudio, publicado en la revista científica BMC Geriatrics con datos de más de diez mil estadounidenses mayores de 65 años, identificó cinco perfiles de vida social en la vejez. El más llamativo agrupa al 18% de la muestra, casi uno de cada cinco: personas casadas pero socialmente desconectadas, con niveles elevados de soledad, poco apoyo percibido y escaso contacto con familia, amigos y actividades comunitarias.
Como resume la divulgación del estudio, hay que dejar de tratar el anillo de bodas como prueba de una vida social.
El estado civil no es un seguro contra la soledad
Durante décadas se dio por hecho que el matrimonio era un escudo: casado, luego acompañado; acompañado, luego a salvo. Esta investigación rompe ese automatismo. Lo que protege no es el papel firmado ni el techo compartido, sino la calidad del vínculo. Y la calidad del vínculo no se hereda ni se mantiene sola.
En Encuentro Matrimonial lo decimos de otra manera: la relación es como una planta que hay que cuidar a diario. Y las plantas no mueren de golpe: se marchitan poco a poco, por falta de riego, cuando nadie se fija.
El momento crítico: cuando los hijos se van

Hay una etapa en la que este riesgo se multiplica: la del nido vacío. Durante veinte o treinta años la pareja ha girado alrededor de los hijos —colegios, horarios, problemas, alegrías— y de pronto la casa se queda en silencio y los dos se miran como dos desconocidos que comparten hipoteca.
No es que el amor se haya acabado. Es que llevaban años hablando de todo menos de ellos dos. Y reencontrarse después de tanto tiempo requiere algo más que buena voluntad: requiere volver a conocerse, a preguntarse cómo está el otro por dentro, a escucharse de verdad.
Conectados no es lo mismo que juntos
Aquí está la clave que el estudio señala sin decirlo: la desconexión no es física, es del corazón. Se puede compartir cama, mesa y televisión y estar a kilómetros de distancia emocional. Y al revés: dos personas pueden estar profundamente conectadas aunque vivan lejos.
En EM vemos cada día que lo que distingue a los matrimonios que funcionan mejor es la calidad de su comunicación. No hablamos de hablar más, sino de hablar de otra manera: desde lo que uno siente de verdad, no desde los reproches ni las ideas. Y de escuchar como un acto de amor: acoger lo que el otro vive sin juzgarlo.
El diálogo en pareja es, en nuestra experiencia, el antídoto más eficaz contra esa soledad de dos. Porque la soledad no se cura con compañía; se cura con encuentro.
Nunca es tarde para volver a encontrarse

La buena noticia del estudio es implícita: si el problema no es estar casado sino estar desconectado, la solución está al alcance de la pareja. No hacen falta nuevos amigos ni una agenda social frenética. Hace falta el otro.
Y nunca es tarde para reconectar: a los sesenta, a los setenta o a los ochenta, una pareja puede volver a elegirse, recuperar la ternura y hacer del otro, otra vez, su persona favorita. El corazón no entiende de calendarios.
Si te has reconocido en estas líneas, no te asustes: reconocerlo es el primer paso. El segundo es atreverse a hablar de ello, el uno con el otro, con honestidad y sin miedo. Y el tercero… bueno, el tercero ya lo descubrirás.
Fuentes: «Married but Disconnected» (USC, BMC Geriatrics), vía bioengineer.org, 08-10-2026.; estudio «Salud y soledad en personas mayores», Fundación IDIS / Sigma Dos (vía EFE Salud, ~01-10-2026)


