Hay datos que confirman lo que muchos matrimonios creyentes intuyen desde hace años. El Institute for Family Studies (IFS) publicó el 25 de septiembre de 2026 su informe «La diferencia de la devoción», y sus conclusiones son contundentes: el 79% de los católicos que asisten a misa describe su matrimonio como «muy feliz», frente al 66% de las parejas sin religión. El informe añade dos datos más: quienes van a la iglesia tienen un 39% más de probabilidades de estar casados, y rezar juntos en pareja está asociado a relaciones más felices.
No es magia. Es lógica del corazón. Y merece la pena pararse a pensar por qué.
En España, el CIS de septiembre sitúa a los católicos practicantes en el 15,9% de la población. Son pocos, pero lo que viven confirma el dato: cuando la fe se comparte en pareja, sostiene.
Creer juntos, no solo creer por separado

Hay una diferencia enorme entre dos personas que creen cada una por su lado y una pareja que comparte su fe. El informe insiste en ello: lo que más protege el matrimonio es la asistencia compartida, ir juntos, rezar juntos. Cuando la fe se vive en común, se convierte en un lenguaje más de la pareja, en un lugar de encuentro donde también se hablan las cosas importantes.
En Encuentro Matrimonial lo vemos constantemente: las parejas que rezan juntas —aunque sea un padrenuestro sencillo antes de dormir, aunque sea dar gracias por el día en voz alta— desarrollan una intimidad distinta. Orar en pareja es una de las tres vías de presencia, uno de los pilares de nuestra espiritualidad. Porque rezar juntos es, en el fondo, dialogar juntos delante de Dios: decir en voz alta lo que nos preocupa, lo que agradecemos, lo que pedimos. Y eso, créenos, une.
La fe como horizonte común
Toda pareja necesita un «para qué» más grande que la propia pareja. Los proyectos compartidos —los hijos, una casa, un viaje— son importantes, pero pasan o se cumplen. La fe ofrece un horizonte que no se agota: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34), que es nuestra visión en EM, no es una meta que se alcance un día y se archive. Es un camino para toda la vida.
Por eso, según el mismo informe, las parejas cristianas que creen que el matrimonio es indisoluble tienen muchas más probabilidades de ser felices en su matrimonio: no porque «aguanten», sino porque han construido sobre roca y no sobre arena. La fe, vivida en común, le da a ese cimiento raíces que no se lleva la primera tormenta.
Sin superioridad: una invitación, no un juicio
Lo decimos con claridad, porque es parte de lo que somos: Encuentro Matrimonial está abierto a todas las parejas, crean o no. Este artículo no es un juicio sobre quien no comparte nuestra fe, ni una medalla para quien sí. Conocemos matrimonios no creyentes llenos de ternura, de entrega y de verdad, y los admiramos sinceramente.
Lo que celebramos aquí es un dato esperanzador para quienes sí creemos: la fe no es un adorno del matrimonio, es un cimiento. Y como todo cimiento, se nota más cuando hay tormenta.
Tres gestos para empezar (o retomar)

Si sois creyentes y la oración en pareja se os ha quedado por el camino —nos pasa a muchos—, no hace falta montar una capilla en casa. Tres gestos sencillos:
- Dar gracias juntos por una cosa concreta de cada día, en voz alta, antes de dormir.
- Pedir el uno por el otro: no «Señor, cambia a mi marido», sino «Señor, cuida a mi mujer».
- Ir a misa juntos el domingo, y después tomaros algo y hablar de lo que os ha tocado.
Pequeño, cotidiano, de dos. Como todo lo que de verdad sostiene un matrimonio.
Porque al final, la pregunta no es si la fe hace felices a las parejas. La pregunta es si nosotros dejamos que nuestra fe entre en nuestra pareja. La puerta está abierta.
Fuentes: informe «La diferencia de la devoción», Institute for Family Studies, 25-09-2026 (vía Catholic World Report y noticiacristiana.com).; barómetro CIS de septiembre de 2026 (vía AS, 24-09-2026)


